Por: Dahemont

La pobreza no siempre se mide en billetes. También existe la pobreza de espíritu, de sabiduría, de esfuerzo, de visión y de compromiso. Esa pobreza moral es, quizá, la más peligrosa cuando se instala en quienes aspiran a gobernar.

Carlos Hank González, “El Profesor”, escaló desde el magisterio rural hasta las grandes ligas del poder priista, cobijado por el poderoso Grupo Atlacomulco del Estado de México. Fue regente del entonces Distrito Federal, figura nacional e internacional, y durante años se le vio como posible presidenciable.

Pero había una piedra constitucional en el camino: el artículo 82 exigía ser hijo de padre y madre mexicanos por nacimiento. Hank, por ser hijo de padre extranjero, quedaba impedido.

Luego vinieron tiempos turbios. De un plumazo, la fracción I del artículo 82 fue reformada. El 1 de julio de 1994 se publicó el cambio que dejó el requisito en: ser mexicano por nacimiento, hijo de padre o madre mexicanos, y haber residido en el país al menos veinte años. (Justia)

Ahí comenzó otro capítulo del desmadre nacional.

Porque el problema no es solamente quién puede o no puede ser presidente. El verdadero problema es que México sigue sin exigir lo esencial a quienes buscan mandar: honestidad, responsabilidad, visión de Estado, cultura de trabajo, compromiso social, capacidad, conciencia regional y claridad frente al entorno internacional.

No basta con cumplir la letra constitucional. Se necesita cumplir con la nación.

Y ahí, carajos, es donde muchos quedan reprobados.

Dahemont…

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