“¡Somos un país libre, independiente y soberano!”, gritó con fuerza la presidentA CSP., ante un nutrido grupo de seguidores de la 4T., reunidos en el Monumento a la Revolución para celebrar los dos años de haber obtenido el triunfo electoral.

—¿País libre?… ¿de qué?

¿Independiente?… ¿de quién?

¿Soberano?… ¿con qué se come eso?—

inquiere intrigado nuestro dilecto amigo, el Compadre Xavier, quien de estos teoremas sabe un titipuchal y más, autor de varios libros, cientos de folletos y colaboraciones en medios nacionales e internacionales.

Y agrega:

—Desde su fundación, la nación donde nacimos ha librado una batalla permanente por alcanzar esa libertad tan pregonada. Ahí está el cura Miguel Hidalgo y Costilla, que terminó frente al pelotón por andar levantando pueblos enteros. Más tarde apareció Francisco I. Madero, que encabezó una revolución, llegó a Palacio Nacional y acabó asesinado por los mismos demonios que pretendía desterrar. La historia patria está llena de discursos grandotes y finales chiquitos.

Así que cuando escuchamos hablar de independencia, primero habría que despejar algunas dudas. Por ejemplo, demostrar que no existe un yugo invisible jalando las riendas desde Palenque; que las decisiones se toman en Palacio Nacional y no en la finca conocida como “La Chingada”; que quien ocupa la silla presidencial gobierna con las facultades que le otorga la Constitución y no con instrucciones enviadas por mensajería política.

Y sobre aquello de la soberanía, palabra muy elegante para los discursos oficiales, pero bastante indigesta para la raza de a pie, habría que preguntarle a quienes sobreviven entre carencias y promesas incumplidas qué entienden por semejante concepto.

Porque mientras unos hablan de soberanía nacional, millones siguen haciendo cuentas para completar la despensa, pagar medicinas o esperar cada dos meses el apoyo gubernamental que, dividido entre los días del calendario, apenas alcanza para estirar la sobrevivencia.

Tal vez la emoción del festejo le ganó a la prudencia. Tal vez la euforia de los aplausos provocó que las palabras salieran más grandes que la realidad. O tal vez fue simplemente otro discurso destinado al consumo interno.

El problema es que ciertas frases no se quedan flotando en el viento. Cruzan fronteras, llegan a otros escritorios y despiertan interpretaciones nada amistosas.

Y si alguien cree que los desencuentros con el vecino del norte los pagarán los políticos, los dirigentes partidistas o los ideólogos de ocasión, más vale que vaya sacando cuentas.

Porque al final, como siempre ocurre, la factura terminará cayendo sobre los hombros de los más de 139 millones de mexicanos que viven, trabajan, pagan impuestos y sobreviven entre discursos patrióticos y realidades mucho menos heroicas.

por: Nakamura Canché …

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