Por: Federico Snap / DHM

En un país donde el balón rueda entre baches, balaceras, apagones, mentiras mañaneras y sobresaltos económicos, México se encamina al Mundial del 2026 como barco camaronero atrapado en huracán categoría cinco: sin brújula, sin capitán visible y con la tripulación rezándole hasta al santo de los árbitros vendidos.

La gran vitrina futbolera del planeta, diseñada para fanatizar masas y vaciar bolsillos en nombre del espectáculo, ya huele a negocio de altos vuelos: dolarucos, euros, bitcoins y demás chucherías financieras que harán brincar de gusto a patrocinadores, mafias, coyotes, revendedores y uno que otro “empresaurio” disfrazado de patriota pambolero.

Mientras tanto, el México real —ese que no sale en los promocionales de la FIFA— vive atrapado entre la inseguridad, el miedo cotidiano, la corrupción reciclada y el sospechosismo internacional que flota sobre Palacio Nacional como nube de moscos en aguada de rancho.

Y ahí, en medio del oleaje político, aparece la doctora Claudia Sheinbaum Pardo tratando de sostener el timón de una nave que le dejaron parchada, oxidada y con filtraciones hasta en la sala de máquinas. Apenas transita su primer tercio de gobierno y ya le llueven tormentas por todos lados: presión gringa, pleitos internos, economía temblorosa y la eterna guerra mediática donde nadie perdona ni un resbalón.

Pero como en México todo se arregla con festival, templetes y matracas, este 31 de mayo se convoca a “festejar los logros”, aunque medio país ande preguntándose cuáles, dónde y para quiénes.

Porque mientras la FIFA vende alegría, color y turistas sonrientes, acá abajo el pueblo sigue haciendo malabares para pagar la luz, llenar el tanque y sobrevivir al calorón infernal que derrite hasta las neuronas.

Trompo a la uña:

México quiere lucirse ante el mundo con mariachi, estadios y porras mundialistas… pero la realidad le anda metiendo autogoles todos los días.

F. Snap / DHM

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