Por: Nakamura Canché
Oficios van, oficios vienen, cual serpentinas de carnaval lanzadas al viento del absurdo, mientras la vida —la verdadera— se escurre entre escritorios, sellos, firmas y pleitos de vecindad política…
Así se consumen las horas de quienes deberían resolver y únicamente saben culparse entre bandos, aventarse estiércol verbal y exhibir, sin tantita vergüenza, que el ciudadano común les importa un reverendo cacahuate.
La política, para esa fauna de ventanilla y saliva larga, dejó de ser servicio y terminó convertida en madriguera de egos enfermos, venganzas baratas y negocios ocultos bajo el mantel del cinismo.
Y mientras el pueblo suda, paga impuestos, esquiva baches y sobrevive al calor, ellos continúan jugando a las vencidas burocráticas, redactando oficios inútiles como si fueran cartas de amor entre la estupidez y la soberbia.
Cuánta podredumbre se arrastra como baba infecta en los pasillos del poder.
A veces provoca miedo pensar que las nuevas generaciones terminen heredando los mismos vicios, la misma hambre insaciable y la misma pequeñez mental de esta tetralogía de ineptos con cargo público.
Ojalá la robótica del futuro venga vacunada contra tanta miseria humana…
porque si a los chips les meten la misma programación de esta caterva, hasta los androides acabarán robando papelería y culpando al de enfrente.
No hace falta decir nombres…
por sus torpezas los conoceréis.
Trompo a la uña.
Nakamura Canché / DHM…
