Noventa y siete minutos de gritos desbordados, sudor que parecía río y tensión que hacía temblar hasta las palomitas… y al final, lágrimas gigantes como en dibujo animado.
La garra de ambos equipos convirtió el estadio en una olla exprés a punto de explotar, mientras millones de aficionados estaban al borde del asiento, con ojos saltones y manos en la cabeza. No hubo colores políticos ni diferencias: chairos y fifís brincaron como resortes, gritaron como bocinas descompuestas y se abrazaron como si fueran viejos amigos cuando sonó el silbatazo final.
Entonces ocurrió la magia. Miles de gargantas, como coro de caricatura, entonaron al unísono el “Cielito Lindo”, que por unos minutos se volvió un himno gigante de esperanza y orgullo nacional.
El “Vasco” Aguirre, con mirada de estratega de historieta, logró lo que durante cuatro décadas parecía quedarse en el eterno “¿y si ahora sí?”. Esta noche se reveló el secreto: entrega total, disciplina táctica, corazón enorme y una garra llevada al mil por ciento, como si todos tuvieran poderes especiales.
México volvió a creer.
Dahemont…
