Por: Cuco Mora
A Mérida le seguimos echando flores. Que si es la ciudad más segura, la más limpia, la de mejor calidad de vida, la “Blanca Mérida” de nuestros abuelos… Todo eso suena muy bonito en los discursos oficiales, en los videos promocionales y en las campañas políticas. Pero basta poner un pie en la calle para descubrir que la realidad ya comenzó a escribir otra historia.
Si tuviéramos que enumerar los diez males que hoy le están pasando factura a nuestra querida ciudad —incluyendo a las comisarías, que ya fueron alcanzadas por el crecimiento urbano—, la lista sería más o menos así:
1. El Periférico, convertido en una pista de obstáculos donde salir vivo ya es ganancia.
2. El transporte urbano y el parque vehicular, un matrimonio perfecto para fabricar embotellamientos a cualquier hora.
3. La red de agua potable, que en muchos rumbos llega cuando quiere… y como quiere.
4. El suministro eléctrico, donde un aguacero, un ventarrón o el exceso de calor bastan para dejar a media ciudad a oscuras.
5. La seguridad, que sigue siendo nuestro mayor orgullo… pero ya empieza a mostrar grietas preocupantes.
6. El drenaje pluvial, inexistente en buena parte de la ciudad, donde cada tormenta convierte las calles en canales venecianos… pero sin góndolas.
7. El relleno sanitario, una bomba de tiempo ambiental que nadie quiere ver hasta que explote.
8. Los servicios de salud, rebasados por una población que crece mucho más rápido que la infraestructura.
9. La carestía, que vacía los bolsillos mientras los salarios siguen caminando en reversa.
10. El medio ambiente, sacrificado a golpe de concreto, desmontes y desarrollos que confunden progreso con devastación.
COLOFÓN (a)
A todo lo anterior hay que agregarle otros males, -que no son menores-, como banquetas rotas, desniveladas, sin continuidad o inexistentes; la nomenclatura de calles, ave midas y fraccionamientos que hacen perdedixo o apendejado al mismísimos Google Maps. Los límites de velocidad en rutas donde existen factorías, escuelas, parques, etc. El eterno bache/hoyanco, que se hermana con los malditos topes o bardas que sin señalamiento destrozan las suspensiones de los vehículos en tránsito. El agobiante calor que no se mitiga por más líquidos o refrescos se trasieguen en los gaznates del sudoroso habitante, la falta de islas o parasoles, en paraderos de autobuses. Tantos y tantas calamidades que con envidia vemos en las grandes urbes del país, que acá, la farándula obnubila nuestros sentidos y hasta creemos que estamos Tokio, New York, Sidney o en CDMX, Monterrey etc. Beyhuale
Y todavía hay quien asegura que todo marcha de maravilla…
Lo peor no son los problemas; esos tienen solución cuando existe voluntad política. Lo preocupante es que muchos funcionarios siguen gobernando desde la comodidad del aire acondicionado, convencidos de que la ciudad se administra con conferencias de prensa, fotografías sonrientes y cintas inaugurales.
Cuando la realidad termina alcanzándolos, aparece la receta de siempre: “necesitamos más recursos”, “hay que contratar deuda”, “el problema viene de administraciones anteriores”… Traducción al español: usted pague, ciudadano; nosotros administramos la cuenta.
Los créditos no los liquidan los gobernantes. Los pagan los contribuyentes. Los errores de planeación tampoco los sufren quienes despachan desde una oficina; los padecen quienes todos los días recorren calles inundadas, hacen fila en el tráfico, soportan apagones o esperan un camión que nunca llega.
Mérida todavía está a tiempo de corregir el rumbo. Pero el reloj corre más rápido que los discursos.
Porque las ciudades no se derrumban de un día para otro. Se deterioran lentamente… mientras sus gobernantes siguen cortando listones y tomándose la foto.
Y cuando quieran reaccionar, quizá aquella Mérida que tanto presumíamos… ya sólo sobreviva en las postales y en los recuerdos.
COLOFÓN
A veces la farándula gubernamental, los anuncios espectaculares, los videos promocionales y el incesante bombardeo de “todo está bien” terminan por obnubilar nuestros sentidos. Hasta llegamos a creer que vivimos en Tokio, Nueva York, Sídney o en las zonas más modernas de la Ciudad de México y Monterrey. Pero basta salir a caminar unas cuantas calles para que la realidad nos despierte de ese sueño.
Porque a los grandes problemas de Mérida hay que sumarles una interminable colección de pequeñas calamidades que, juntas, hacen más difícil la vida cotidiana: banquetas rotas, desniveladas, inconclusas o simplemente inexistentes; una nomenclatura de calles, avenidas y fraccionamientos tan enredada que consigue desorientar hasta al mismísimo Google Maps; límites de velocidad colocados sin lógica, mientras en zonas escolares, parques o áreas industriales la señalización brilla por su ausencia.
Y qué decir del eterno matrimonio entre el bache y el tope. Uno abre las entrañas del pavimento y el otro, muchas veces sin señalamiento alguno, termina de destrozar las suspensiones de los vehículos y la paciencia de sus conductores.
Así transcurre la vida diaria de miles de meridanos. Una ciudad extraordinaria por su gente, pero cada vez más exigente con quienes tienen la responsabilidad de planearla, administrarla y gobernarla.
Porque una ciudad no se mide por los discursos ni por las campañas de imagen. Se mide por la calidad de vida que ofrece a quienes la habitan… y esa, tarde o temprano, termina imponiéndose sobre cualquier propaganda./ Beyhuale.
Cuco Mora.
