Si los mexicanos exportamos alrededor del 85% de nuestras manufacturas hacia los Estados Unidos, surge una pregunta inevitable:

¿Por qué ese enorme flujo comercial no se traduce en un mayor desarrollo económico para México?

¿Dónde radica nuestro verdadero talón de Aquiles?

Ya basta de la politiquería, de los discursos victimistas y de echarnos la culpa unos a otros. El problema merece una respuesta seria.

La realidad es que exportar mucho no significa necesariamente enriquecerse.

México se convirtió en una potencia manufacturera, pero en gran medida ensamblando productos diseñados en el extranjero. Importamos tecnología, maquinaria, patentes y muchos componentes; aquí ponemos la mano de obra, la logística y la ubicación geográfica. El mayor valor agregado suele quedarse fuera del país.

El automóvil, el teléfono celular, la computadora o el equipo médico que cruza la frontera lleva sello de “Hecho en México”, pero las utilidades más importantes terminan en las matrices de las grandes corporaciones internacionales.

Ese es uno de nuestros principales lastres.

El otro se llama educación, ciencia e innovación. Durante décadas hemos invertido poco en investigación, desarrollo tecnológico y capacitación especializada. Seguimos dependiendo de inventos ajenos cuando deberíamos estar creando los nuestros.

También pesa la inseguridad jurídica, la incertidumbre regulatoria, la corrupción, la falta de infraestructura en muchas regiones y una excesiva dependencia de un solo mercado.

Mientras países como Corea del Sur, Taiwán o Irlanda utilizaron las exportaciones para desarrollar marcas propias, tecnología y empresas globales, México permaneció, en muchos sectores, como una magnífica plataforma de producción… pero no de decisión.

No se trata de dejar de exportar.

Al contrario.

Se trata de exportar inteligencia, patentes, ingeniería, software, diseño, marcas mexicanas y productos con mayor contenido nacional.

El verdadero desarrollo comienza cuando el conocimiento vale más que la mano de obra barata.

México posee talento, recursos naturales, ubicación estratégica y acceso privilegiado al mayor mercado del mundo.

Lo que hace falta es una política de Estado que trascienda los sexenios; que premie la productividad antes que el clientelismo, la innovación antes que la burocracia y la educación antes que la propaganda.

El desarrollo no llegará por decreto.

Llegará cuando dejemos de conformarnos con fabricar para otros y empecemos a crear para nosotros mismos.

Ahí está la diferencia entre crecer… y desarrollarse.

Es Pregunta…

Por Cuco Mora/ DHM…

Por admin