La siesta tiene fama de ser un placer inofensivo, una pausa agradable en la rutina diaria. Casi un derecho que se gana con el pasar de los años. Sin embargo, quizá ese descanso diario tenga más matices de lo que parece. Un reciente estudio liderado por la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos, sugiere que ciertos hábitos de siesta podrían dar pistas sobre el riesgo de desarrollar demencia.
Para averiguarlo, los científicos siguieron durante un máximo de diez años, hasta 2023, a 995 beneficiarios de Medicare de 65 años o más que no presentaban demencia posible o probable al inicio del estudio, en 2013. Analizaron la frecuencia de las siestas, si eran planificadas o involuntarias y cuánto duraban. Durante el seguimiento, 417 participantes, alrededor del 42 % del total, fueron clasificados como casos de demencia posible o probable.
Siesta frecuente y demencia
Al separar a los participantes según sus hábitos de siesta, aparecieron diferencias. Según los datos brutos recogidos por StudyFinds, el 51 % de quienes dormían la siesta con frecuencia fueron clasificados como casos de demencia posible o probable, frente al 42 % de los ocasionales y el 38 % de quienes nunca o rara vez descansaban durante el día.
Pero esas cifras solo muestran la proporción de casos en cada grupo. Los investigadores realizaron además un análisis estadístico que tuvo en cuenta factores demográficos, de salud y relacionados con el sueño. Según los resultados publicados en The Journals of Gerontology, quienes dormían la siesta la mayoría de los días o a diario presentaban un riesgo estimado de demencia un 48 % mayor que quienes nunca o rara vez lo hacían. En cambio, las siestas ocasionales no mostraron una asociación clara.
Siestas involuntarias y duración
Pero no solo importaba la frecuencia. También se encontraron diferencias entre quienes planificaban sus siestas y quienes, al menos en ocasiones, se quedaban dormidos sin proponérselo. En este último grupo, el riesgo estimado de demencia fue un 39 % superior al de quienes nunca o rara vez dormían la siesta. En cambio, los investigadores no encontraron una asociación clara en el caso de los descansos planificados tras ajustar los resultados por las condiciones de salud y los hábitos de sueño.
Según StudyFinds, quienes se dormían involuntariamente también presentaban más enfermedades crónicas, más síntomas de depresión y un mayor riesgo de apnea del sueño. Además, sufrían más somnolencia diurna, lo que plantea la posibilidad de que esas cabezadas reflejen otros problemas de salud.
En cuanto a la duración, el resultado fue menos intuitivo. Frente a quienes nunca o rara vez dormían la siesta, los descansos de 30 minutos o menos se vincularon con un riesgo estimado un 40 % mayor.
En las siestas más largas, la asociación perdió fuerza al considerar el descanso nocturno, la somnolencia diurna y el riesgo de apnea del sueño. Los autores plantean, según StudyFinds, que estas últimas podrían servir para compensar las malas noches, de modo que su relación con la demencia podría estar relacionada, al menos en parte, con problemas de sueño nocturno.
¿Factor de riesgo o señal temprana?
Todo ello conduce a una pregunta inevitable. ¿Es la siesta causa o síntoma? Adam Spira, uno de los investigadores principales del estudio, advierte en un comunicado de prensa difundida por Johns Hopkins de que dormir más siestas podría ser un indicador de cambios en el cerebro, más que su causa.
Aun así, la relación podría llegar a funcionar en ambas direcciones. Esto gracias a que la degeneración de las regiones cerebrales que regulan la vigilia, que puede comenzar en fases tempranas de la demencia, también podría favorecer la somnolencia diurna.
Para indagar en esta posibilidad, los investigadores repitieron el análisis sacando los casos de demencia detectados durante los primeros cinco años. La asociación con las siestas frecuentes persistió, con una estimación de riesgo un 75 % mayor, según StudyFinds. En cambio, los resultados sobre las siestas cortas e involuntarias fueron menos consistentes. Aun así, no fue posible establecer una relación causal.
Límites del estudio
Hay otras razones para interpretar los hallazgos con cautela. Al ser un estudio observacional, no permite concluir que las siestas provoquen demencia. Además, los hábitos de descanso se recogieron mediante las respuestas de los participantes en un único momento, y los posibles casos de demencia se identificaron mediante un algoritmo validado, sin confirmación clínica individual como parte del estudio.
A ello se suma que las investigaciones anteriores tampoco ofrecen una respuesta unánime. Y, según recopila la Universidad Johns Hopkins, los resultados son dispares: desde asociaciones con un mayor deterioro cognitivo hasta posibles beneficios de las siestas cortas. Las diferencias metodológicas y culturales podrían explicar parte de esas contradicciones.
Entonces, ¿hay que renunciar a la siesta?
No necesariamente. Los resultados no muestran un aumento claro del riesgo entre quienes duermen de día solo de vez en cuando. Lo que sí podría resultar útil, según Kening Jiang, primer autor del estudio, es prestar atención a los hábitos de siesta como posible señal temprana para identificar a personas mayores con más riesgo y orientar medidas de prevención.
StudyFinds va un paso más allá y recomienda comentar con el médico si las cabezadas empiezan a ser casi diarias o aparecen sin querer, especialmente cuando también hay problemas para dormir por la noche.
Por ahora, quedan preguntas abiertas. Los investigadores piden seguimientos más prolongados y mediciones objetivas del sueño diurno y nocturno para entender mejor esta relación y comprobar si cambiar hábitos de siesta podría retrasar o prevenir la demencia. Según se lee en el resumen del estudio, las siestas podrían ser un factor de riesgo modificable, aunque todavía faltan pruebas que lo confirmen.
