Una peligrosa práctica de consumo de drogas está encendiendo las alertas sanitarias en distintas partes del mundo. Se conoce como bluetoothing y consiste en inyectarse la sangre de otra persona que acaba de consumir sustancias, con la esperanza de experimentar un segundo efecto y aprovechar una misma dosis entre varios consumidores.
Aunque su extensión todavía es difícil de determinar, las autoridades sanitarias advierten que puede facilitar la transmisión del VIH y otras infecciones graves.
Uno de los países más afectados es Fiyi, un archipiélago del Pacífico que enfrenta una de las epidemias de VIH de más rápido crecimiento a nivel mundial. Según cifras citadas por The New York Times, las nuevas infecciones en el país se multiplicaron por diez entre 2014 y 2024.
Es más, en enero, las autoridades declararon una crisis nacional ante el aumento de los contagios.
La situación afecta especialmente a personas jóvenes, ya que los nuevos casos se concentran entre los 15 y los 34 años, mientras que el consumo de drogas inyectables y el uso compartido de jeringas aparecen entre los factores que preocupan a los equipos de salud.
¿Cómo funciona el Bluetooth?
La práctica comienza cuando una persona se inyecta una droga, como heroína o metanfetamina. Después, otro consumidor recibe una inyección de sangre de esa persona, con la expectativa de aprovechar los restos de la sustancia que permanecen en el organismo.
La intención es conseguir un efecto adicional sin pagar por una dosis completa. Sin embargo, la cantidad de droga que recibe el segundo consumidor es menor y su efecto puede ser limitado.
Al respecto, Eamonn Murphy, director de los equipos regionales de apoyo de ONUSIDA, advirtió al New York Times que la práctica no es tan eficaz como esperan sus participantes.
El problema es que, para intentar conseguir ese efecto, los consumidores se exponen directamente a sangre ajena. Si esta contiene el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), existe un riesgo de transmisión. También pueden propagarse los virus de la hepatitis B y C, además de infecciones bacterianas.
Por eso, Brian Zanoni, profesor de Medicina de la Universidad de Emory que ha estudiado el consumo de drogas inyectables en Sudáfrica, calificó el comportamiento como una práctica de altísimo riesgo.
Eso sí, el peligro no se limita a las infecciones: la introducción de sangre incompatible también puede provocar reacciones adversas graves.
Una práctica difícil de medir
Aunque el bluetoothing preocupa a las autoridades, todavía no existe una estimación definitiva de cuántas personas lo practican ni de cuánto ha contribuido al aumento del VIH en Fiyi.
Una evaluación rápida realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en diciembre, según la BBC, entrevistó a 56 personas que se inyectaban drogas. Solo dos dijeron haber practicado el intercambio de sangre y cuatro afirmaron haberlo presenciado directamente.
Los resultados muestran las dificultades para medir el fenómeno, pero no descartan su existencia. Trabajadores comunitarios sostienen que la práctica ocurre y que el estigma asociado al consumo de drogas puede impedir que los afectados hablen abiertamente sobre ella.
Kalesi Volatabu, directora ejecutiva de la organización Drug Free Fiji, contó que quedó sorprendida al observar una situación en la que varias personas esperaban recibir sangre de un mismo consumidor. Según explicó, ese mecanismo puede multiplicar las posibilidades de exposición a infecciones.
En 2024, el Ministerio de Salud de Fiyi reconoció el bluetoothing como uno de los factores que podrían estar impulsando el aumento de los casos de VIH. Como parte de la respuesta, anunció medidas para facilitar el acceso a jeringas y agujas.
De África a Asia: una alerta internacional
Fiyi no es el único lugar donde se ha identificado esta práctica. En Sudáfrica, Lesoto, Zimbabue y Tanzania también se han documentado formas de intercambio de sangre entre consumidores de drogas. En este último país, el fenómeno recibe el nombre de flashflood o flashblooding.
En barrios marginales de Sudáfrica, algunos consumidores de nyaope, una mezcla de sustancias altamente adictiva, han recurrido a este método para conseguir drogas. Un joven identificado como Thulani contó a Sky News que lo había practicado pese a conocer sus riesgos, porque la dependencia lo llevaba a buscar nuevas formas de consumir.
La pobreza, el encarecimiento de las sustancias y la falta de acceso a material de inyección estéril aparecen entre las condiciones que pueden favorecer estas conductas, además del temor a la discriminación, que dificulta el acceso a los servicios sanitarios.
Las consecuencias pueden ir más allá del VIH. En Sudáfrica se han descrito casos de personas con varias infecciones simultáneas, mientras especialistas advierten sobre los riesgos de compartir sangre sin conocer su estado sanitario ni su compatibilidad.
