Aeroméxico termina sus vuelos en Tulum el 30 de septiembre y cierra sus operaciones en ese aeropuerto. Ahí está el dato, seco y sin maquillaje. La terminal que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador presentó como emblema de su sexenio pierde a una de las principales aerolíneas del país. ¿Ahora también dirán que todo marcha sobre ruedas?

Una pista recién construida no llena los aviones por arte de magia. Al pasajero hay que darle razones para llegar y, sobre todo, para querer volver. Tulum, mientras tanto, carga con quejas por los precios, preocupación por la inseguridad y playas que deben enfrentar una temporada de sargazo especialmente dura. Cada problema empuja al siguiente; juntos le pasan la factura al destino.

¿De qué sirve presumir aeropuerto y Tren Maya si el visitante hace cuentas, escucha las noticias y decide irse a otra parte? Ésa es la pregunta que incomoda. También la que deberían responder quienes inauguraron las obras y quienes hoy tienen la obligación de hacerlas funcionar.

El gobierno federal, la gobernadora Mara Lezama y las autoridades municipales pueden seguir cortando listones o pueden sentarse con hoteleros, restauranteros, trabajadores y vecinos a corregir lo que está fallando. Que expliquen cuántos pasajeros llegan, qué rutas se pierden, qué harán frente al sargazo y cómo van a recuperar la confianza. Menos propaganda y más cuentas.

Tulum fue un paraíso antes de convertirse en escaparate político. Todavía puede defender su futuro, pero no a punta de discursos. La salida de Aeroméxico es una advertencia que llegó por la puerta de embarque.

Bajo advertencia, no hay engaño.

Continuará.
Federico Snap

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