Por: El Joven Carmelo
(Corresponsal en Harvard)
Según un despacho de la agencia EFE, el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, llamó a “dejar la discusión política fuera de la lucha contra el narcotráfico” que enfrentan ambos países. El mensaje llegó apenas un día después de que la presidenta Claudia Sheinbaum acusara a Washington de injerencismo y pusiera en duda su verdadero interés en ayudar a México.
Más allá del intercambio de declaraciones, el episodio revela una tensión creciente entre dos gobiernos que, al menos en el discurso, comparten el objetivo de combatir al crimen organizado. Sin embargo, las diferencias sobre cómo hacerlo y hasta dónde puede llegar la cooperación bilateral han vuelto a colocar la relación en una zona de fricción.
El asunto no es menor. Entre jaloneos, gritos y comunicados, se asoma una tormenta capaz de sacudir la economía nacional, justo cuando México, Estados Unidos y Canadá se acercan a momentos clave rumbo a la revisión del T-MEC, ese tratado que sostiene buena parte del comercio entre las tres naciones.
En ese contexto, la mandataria leyó su postura en plaza pública, desde el Monumento a la Revolución, ante los suyos y después de recibir en Palacio Nacional la visita del secretario de Seguridad estadounidense, quien —dicen los enterados— habría llegado con un abultado expediente bajo el brazo. En ese sobre, según se especula, vendrían nombres, rutas, complicidades y señalamientos ligados al narcotráfico, tráfico de armas y otros delitos de moda que Donald Trump presume querer erradicar de suelo norteamericano.
La escena enchiló a la señora de la cabeza fría. Entre discursos, soberanía y reclamos, el mensaje pareció traducirse así: “con mis narcos y mis cuates no te metas, gringo loco”. Palabras más, palabras menos, convertidas al sánscrito político, al spanglish diplomático y, en la Casa Blanca, entendidas casi como mentadas de progenitora.
Como consecuencia, el tono de la conversación bilateral ha seguido escalando. Y así estamos: esperando el primer misil verbal desde el Pentágono, mientras del otro lado se amenaza con responder no con diplomacia, sino con millones de pastillas de fentanilo, esas que para los vecinos del norte se han vuelto caramelos mortales.
La guerra, pues, ya no sólo se libra con armas, discursos o tratados comerciales. También se libra con pastillas, expedientes y silencios incómodos.
Por ahora, lo único claro es que cada declaración añade presión a una relación estratégica para ambos países. Y mientras los gobiernos intercambian mensajes y advertencias, las consecuencias políticas, económicas y de seguridad siguen acumulándose.
Por: El Joven Carmelo
(Corresponsal en Harvard)
