“No hay peor caída que la del que se creyó intocable”. En política, la sentencia popular de que nunca segundas partes son buenas suele cumplirse con puntual crueldad: hoy se es figura, mañana apenas sombra… y a veces, ni eso.
Quien ayer transitaba entre perfumes de poder y halagos cortesanos, hoy arrastra un tufo político difícil de disimular. El caso de Renán Alberto “B.” es ilustrativo: de protagonista a marginado, de operador central a pieza incómoda, relegado —cuando no francamente ignorado— en las estructuras dirigentes del PAN, tanto en lo estatal como en lo nacional.
La derrota de 2024 por la gubernatura de Yucatán no solo marcó el fin de una aspiración, sino el inicio de un deslinde interno. Las fracturas con el exgobernador Mauricio Vila Dosal —a quien responsabiliza de acuerdos con el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador— terminaron por cobrar factura. A ello se sumó un ingrediente nada menor: la soberbia política, esa que nubla el cálculo y lleva a subestimar al adversario.
Porque sí, en la narrativa de campaña, el hoy gobernador Joaquín Díaz Mena fue desestimado con ligereza. Pero la realidad electoral fue otra: el llamado “pueblerino” terminó despojando de certezas al proyecto panista y, de paso, bajando de golpe las ínfulas que parecían inamovibles.
Hoy, “Reny” tantea el regreso. Busca rendijas, complicidades, guiños. Se habla incluso de la venia de Jorge Romero Herrera, en un intento por reinsertarse en el tablero. Sin embargo, el ánimo interno no es el de antes: su círculo cercano —esa férula de leales— deambula en los márgenes, entre el desdén y la indiferencia.
En política, el olfato colectivo es implacable. Y cuando el ambiente huele a pasado, a derrota no resuelta y a liderazgos desgastados, pocos están dispuestos a acercarse.
Porque el poder, como los aromas, es volátil: se evapora… y lo que queda, no siempre es fragancia.
Cuco Mora…
