El carruaje sin rumbo.
Dicen que los cuentos de hadas siempre terminan bien…
pero eso depende de quién escribe la historia.
En estas tierras donde la memoria es corta pero los ciclos se repiten, hay carruajes que no son de cristal, sino de utilería política: vistosos por fuera, huecos por dentro. Prometen magia, transformación, futuro… pero avanzan jalados por la misma fuerza de siempre: el poder que no escucha y la prisa que no piensa.
Hoy, la escena es clara: una carroza elegante, disfrazada de esperanza, es arrastrada a toda velocidad por una maquinaria blindada que no pregunta, no duda, no se detiene. Dentro, la “Cenicienta” del momento comienza a entender que no hay hada madrina… y que el camino no era hacia el palacio, sino hacia el despeñadero.

El problema no es el cuento.
El problema es que ya lo conocemos.
Y aún así, hay quienes se suben.
Mientras tanto, al borde del camino, el pueblo observa. No sorprendido… sino resignado. Porque en este teatro, los actores cambian de vestuario, pero el guion sigue intacto.
Y cuando el polvo se asiente, cuando el ruido del motor se apague y la caída sea inevitable, vendrá el silencio. Ese que siempre llega después del golpe.
Entonces sí: todos dirán que lo vieron venir.
Pero pocos hicieron algo por cambiar el final.
Remate
No era carruaje… era destino anunciado.
Cuco Mora…
